Sujeto A: treinta y tres años. Perfecto. Su trabajo indefinido con gran proyección de futuro, de lunes a viernes de 8 a 15:00. Su espectacular novia de mechas rubias y estilismo Inditex. Su estupendo dúplex céntrico. Su flamante vehículo de gama media-alta. Sus dominicales visitas a la familia, con paella de marisco en el plato. Su plasma colgado en la pared. Su encanto en el trato con la gente, su atractivo engominado, su extensa red social, sus Botticelli con hebilla de plata y punta cuadrada. Sus ganas de seguir siendo un triunfador.
Sujeto B: treinta y tantos. Sobrevive con los trabajos que van saliendo aquí y allá, esposado a la temporalidad. Soltero desde aquella morena del verano del 2005 de la que aún quedan retazos. Reside en el domicilio familiar. En su habitación tiene un ordenador. Algunos de sus amigos están casados. Le gusta tomarse unas cervezas con los colegas para desconectar. Cuando le preguntan por su situación desvía la mirada y dice “bueno, vamos tirando”.
El sujeto B ha tenido un día horrible. Parece que todo el mundo se ha puesto en su contra hoy. Todo ha salido mal, en todos los aspectos. Se han reavivado viejos grandes problemas mal resueltos en su momento. Se ha sentido sólo. Ha tenido la injusticia frente a frente, la indefensión en el bolsillo delantero y la indiferencia ajena en el trasero. Ha sentido el peso del mundo sobre él.
A las 21:10 ha llegado a casa, ha cenado algo, ha procurado no cruzar palabra con nadie, y se ha puesto el pijama. Tras varios minutos dando vueltas ansiosas en la cama, se ha asomado a la ventana de su cuarto a echar un cigarro.
“Joder, qué mierda, menos mal que ya se ha acabado… Qué día, joder… todos tocando los cojones, y encima yo tampoco he estado muy fino. Hoy no debería haber salido de la cama, porque para cagarla en el curro como la he cagado, casi mejor no haber ido. Y mañana a seguir dando explicaciones sobre la cagada en la reunión semanal de equipo, y aguantar al jefe comiéndome la oreja durante el descanso. Cuándo llegará el día en que pueda ponerme de autónomo, independizarme y llegar a casa sin tener que escuchar que tienes muy mala cara, que te ha tenido que pasar algo… Pues claro que me ha pasado algo, ¡me ha pasado todo y me siento una puta mierda!. Y estos encima poniendo excusas para no quedar a tomar una…
Seguro que si estuviera aún con María ya me hubiera hecho sonreír. Pero claro, después de lo que pasó, quién se atreve a llamarla. A ver si en el móvil…
Ana. Es maja, y muy guapa, pero aún no sé de qué palo va. Igual la digo algo y se descojona, ella y sus amiguitas.
Bego. La amiga de mi hermana pequeña… Bah, paso de líos raros y más aún con chiquillas. Aunque la verdad es que está buena…
Carmen. ¿Quién es ésta?. La borro.
Carolina. No me atrevo a decirla que se venga a dormir. Me cae demasiado bien, no podría decirla que hoy necesito no dormir solo. Es como mi hermana. ¡Sería incesto!
Diana. Tiene novio.
Lara. Uf, menuda loba, como para pedirla un abrazo..
Laura. Podría probar, pero no tengo tanta confianza con ella.
Natalia. Uy, la de la minifalda de hace dos sábados en el Huerto. Qué va, menuda jarta. Ésa es para lo que es y punto.
Vero. No, ni de coña. Capaz de soltarme su rollo de que me tengo que echar una novia formal, que esto no me pasaría si dejara de picar los fines de semana… ¡cómo si no pusiera todo de mi parte!. Estoy hoy como para escuchar sus historias..
Sara. Buah, la ex de Paco…
¿Será posible que me vaya a costar menos dar con una tía para follar, que con alguien que me dé un poco de seguridad con cuatro caricias antes de dormir?

La sociedad es la culpable
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