BABY BOOM

Lo hemos dicho en más de una ocasión y no dejaremos de repetirlo: el transporte público es fantástico. Nos trae y nos lleva a un precio estupendo, es bastante rápido, podemos conocer gente (cada vez menos), nos olvidamos de aparcar y repostar, podemos dar alguna que otra cabezadita en el trayecto, el medio (nosotros mismos) se beneficia también… ¡Todo ventajas!.

Hay variedad para elegir el que más nos gusta y conviene: el autobús que serpea entre las calles más estrechas y pendientes, el tranvía que campanillea al tráfico mientras se desliza rápida y sigilosamente por la calzada, los ondulantes viajes paisajísticos en barco, el avión que nos aproxima a lo que será la era de la teletransportación… ¡La vida es de color de rosa, señores!.

Entre los medios de transporte conocidos, sin lugar a dudas, nos quedamos con los raíles. ¡Qué vivan los trenes de largo recorrido y las visitas al coche cafetería! (frikismo del duro). Pero, en las distancias cortas, si tenemos que gritar al viento las bondades de uno de estos servicios no nos temblará la voz: ¡qué viva el metro y la madre que lo parió!

Rápido, puntual, limpio y libre de Biodramina. Poco más se puede pedir a un medio de transporte, aunque como en todas las cosas, hay parte buena y otra parte un poco… menos buena.

Hay que reconocer que no a todo el mundo le apetece oler axilas ajenas, ser pisado, vapuleado e incluso robado en hora punta cuando va a trabajar, ni ver su espacio vital invadido por monos aulladores adolescentes y palmeros* que van o vuelven de la discoteca de moda. Todo ello sin restar valor a una de las peores cosas que te puede suceder en el metro, claro: que estés descansando tranquilamente en tu asiento de terciopelo rojo desgastado, resignado a dar comienzo a lo que será un largo y lento trayecto de vuelta a casa, viendo en el panel las estaciones que van quedando atrás desde el sopor más absoluto y se te siente cerca un niño.

No hay nada negativo en cruzarse con un blandito querubín. En realidad lo malo de los niños en el metro es que te hablan. Para ser más exactos, los niños hablan a un volumen muy global pero tú estás más cerca, por lo que el resto de pasajeros se desentiende de la responsabilidad social que cada uno tenemos sobre nuestras espaldas y ahí te las arregles una vez te encuentre la mira telescópica de la criatura.

Esa naturalidad y ese desparpajo sin límite vergonzante que poco a poco los mayores vamos perdiendo, empuja a los nenes a cantar para todo el vagón, y parte del siguiente, las canciones españolas que han aprendido veraneando en el pueblo de los abuelos palentinos, o a discutir sobre el tamaño de las pelusas que hay debajo de la cama de los papás, auténticas bolas de paja del Salvaje Oeste (“las de mi casa son enormes”, ”¡pues las mías más!”). Los pasajeros del metro hacen como que la cosa no va con ellos, pero les interesa. Claro que les interesa… ¡Todo lo que sean trapos sucios, aunque no se sepa de quién, interesa!.

payaso pisoteado por las hordas de los niños invisibles

Para entender la interacción con los menores es clave considerar la edad de la víctima. Si el guajín ha escogido un adolescente lo lleva claro porque, aunque ante él se presentan interesantes estímulos tecnológicos visuales y sonoros, normas transgredidas, etc. al final lo que inunda todo es el pasotismo adolescente. Pasan de sus padres, pasan de las extraescolares, pasan de visitar a sus tíos, pasan de la policía, pasan de subirse los pantalones, pasan de bajar el volumen de la música de su móvil, pasan de estudiar, pasan de usted, pasan de mí, ven un niño y pasan. Si se trata de un adolescente varón, no hay nada que hacer.

En el lado opuesto están nuestros mayores, que tienen más tacto en el manejo de las criaturas. Son muy tiernos con ellos, preocupados siempre por su bienestar, seguridad e integridad física:

  • Ten cuidado hijito, a ver si va a dar un frenazo brusco el metrito y te vas a golpear la cabecita, te vas a hacer pupa, se te va a caer el juguetito al suelo y se te va a romper”

  • No es un juguete, es una consola portátil de última generación. No me trate como si fuera un niño pequeño. ¡Y no hablo con desconocidos!”.

Ese saber hacer en el trato no es gratuito, que nuestros mayores han criado muchos hijos y muchos nietos, y eso da tablas. Así, han llegado al punto de tratar a todos los niños del mundo como si fueran suyos propios, con ganas de sentarlos en su regazo con olor a naftalina. A veces les dan con todo su cariño algún caramelo si llevan en el bolso (café, malvavisco o eucaliptus). Desde la visión de un mayor, crecido en la escasez, dar un caramelo es compartir un tesoro en tiempos de la Posguerra. Al niño de la consola portátil, nadador de la abundancia, los caramelos se la pelan bastante y la madre, que ha sido criada bajo la amenaza del viejo que da caramelos en la puerta del colegio, ve en slow motion acercarse el caramelo con droga o malas intenciones a la mano de su hijo y en rápido movimiento consigue interceptarlo: ¡zas!

  • ¡Ya te lo guardo yo, cariño! Dile gracias a la señora”.
  • “¡No me da la gana!”

En el fondo son todos encantadores. Desde los educadísimos niños latinos, sentados en silencio en su asiento todo el trayecto, hasta los patrios niños gitanos, llenos de fuerza y energía.

– ¡Hey! ¡Qué camiseta más chula llevas!


Niño 1: – Sí, es de Bob Esponja.

– Oye, ¿y tú sabes cómo se llama su amigo?

Niño 1: – Patricio. Es una estrella de mar y es rosa

– ¿Y dónde viven?

Niño 1: – En el fondo del mar

Madre: – Jonny, no molestes a la señora

Niño 2: – El mejor es Spiderman

– ¿Y de qué color va vestido Spiderman?

Niño 2: – De azul y de rojo

– ¿Y a ti cuál te gusta más, Spiderman o Bob Esponja?

Niño 3: – A mí Batman

– ¿Pero en qué canal echan esos dibujos?

Niño 2: – Los echan en la tele. Es que tengo satélite.

Niño 1: – Yo los veo por la noche. Y las pelis que echan.

Madre: – ¡Calla, Jonathan!

Niño 1: – Las pelis que más me gustan son las del Vaquilla. ¡Es el mejor!

Madre: – ¡No grites!

Niño 2: – ¡Y las del Torete!

Niño 3 – ¡Sí, es el mejor!

.

Angelicos…

***

Texto basado en su totalidad en hechos reales. Cuaquier parecido con la realidad no nos sorprende en absoluto.

*Palmero: sujeto adolescente masculino, de indumentaria choni-cani que acompaña todo (música, gracietas, narración de anécdotas…) dando sonoras palmadas mientras ríe sin venir a cuento.

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~ por labea en 14 junio, 2013.

2 comentarios to “BABY BOOM”

  1. Se olvida usted de otro colectivo con ganas de chachara permanente, la siempre cotilla y dicharachera tercera edad…

  2. Expláyese, por favor…

    🙂

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