LA SIERRA ES LA FAMILIA

– Esta entrada puede herir sensibilidades.

– Sea consciente de que no existen hojas de reclamaciones y sí moderación de comentarios.

– En caso de duda consulte con la almohada sobre la conveniencia de seguir leyendo.

Hace mucho que no nos metemos en arenas movedizas y terrenos pantanosos con una entrada de las que nadie comenta, seguramente porque todos los lectores están en contra y tienen cosas mejores que hacer que dejar para la posteridad virtual su “-1”. Pero hasta aquí hemos llegado.

Partimos hoy del acuerdo que genera afirmar que cada unidad familiar tiene su idiosincrasia. Padres e hijos, en su convivencia durante años, construyen una visión común y comparten unas reglas conocidas y acatadas por todos hasta convertirlas en indiscutibles. A los ajenos al hogar pueden parecerles erróneas, dudosas o censurables, pero esas normas son las que son y con ellas se ha llegado hasta aquí.

Así andamos hasta que llega el fatídico día en que los hijos, no pudiendo reprimir por más tiempo el instinto de construir un nido en el que ponerse cluecos y criar sus polluelos, se emparejan… Y se acabó la paz. Comienza la tarea nada fácil de simultanear el nuevo hogar y el del clan familiar autóctono.

¡Shh!

¡Paren máquinas!

Si piensan que ésta es otra entrada antisuegras, se equivocan. No escribirán estas teclas que son todas maravillosas, pero reconozcan que la fama que arrastran es excesiva. Entiendan que la madre de él tiene que estar segura de que quien osa romper ese extraño lazo madre-hijo no es una pelandrusca, y la madre de ella ha de tener certeza de que el nuevo varón no es como su propio marido. Concluimos entonces que algunos comportamientos de suegras tienen su explicación. Sin embargo, hasta en las mejores familias hay quienes, con muchos menos argumentos, pueden llegar a ser incluso peores que una mala suegra. Sujetos malévolos que se mueven en la oscura protección que les ofrecen las sombras. Seres que viven agazapados en el silencio del hijoputismo de quien hace y deshace sin llamar apenas la atención. Pavorosos, malignos, peligrosos, horripilantes,  espantosos. Hablamos, claro está, de los aterradores…. ¡¡Cuñados!!

¿Oye truenos y parece fallar la luz de su cuarto?

Espere…

Ahí está la parejita, en la entrada de la casa de los suegros, tan tiesos y peripuestos, inmersos en la nube de efusivos saludos iniciales poblados de besos y risas forzadas… Es normal que todos estén un poco nerviosos: es la primera vez que el niño (hizo la mili hace casi 20 años) trae a la novia a cenar a casa con la familia. La novia se llama Paquita, lo que supone para el hermano gracioso de Juanillo un auténtico filón del humor. Otro julai para la lista negra de Paquita.

¿Quién no quiere formar parte de esta bella estampa? Todos alrededor de la mesa extendida para la ocasión, servilletas y vajilla de domingo, canapés variados… Mientras los suegros están interesados en saber si Paquita viene de buena familia, es fértil o dejará que sus nietos lleven como primer apellido el de la familia, la hermana de Juanillo y la novia de uno de sus hermanos están interesadas en saber cómo puede ser que, ganando la mierda de sueldo que gana, Paquita lleve siempre ropa de marca, nunca se le noten las raíces y encima utilice una talla 36. Los hermanos  solteros de Juanillo muestran interés por saber si Paquita tiene alguna amiga que esté buena-soltera y por el fútbol que dan en la Sexta.

Durante la cena uno de los hermanos sirve mahonesa en su plato y chuperretea la cucharilla que devuelve al bote antes de ofrecérselo a su nueva cuñada. Al terminar el segundo plato la familia disculpa entre risas y vítores (“¡Salud!” “¡Y buenos alimentos!”) el sonoro eructo de otro de los hermanos. Paquita, con los pelos en punta, empieza a explicarse que los dos estén solteros… Culmina la cena con los postres y las indirectas de la hermana de Juanillo sobre quién va a fregar. Los suegros disculpan a Paquita, pero la hermana piensa que es una vaga que ni se ha ofrecido enérgicamente a recoger la mesa. Los hermanos miran de arriba a abajo a Paquita afirmando: “Está fina…”. El marido de la hermana sólo lo piensa.

A solas ya, comienza la moviola. Paquita dice que se ha sentido observada e incómoda en varias ocasiones, que los hermanos son unos guarros y que la hermana no la traga. Juanillo opina que  debería poner más de su parte para integrarse y que no tenía que haberse metido en la estéril discusión semanal sobre política. Paquita cree que la hermana de Juanillo tiene la culpa de que su hijo esté asalvajado y que la madre es una pésima cocinera. Juanillo no entiende que tras un primer encuentro, algunos de sus hermanos culminen su intervención con un “pero si a ti te gusta…” cuando hablan de su pareja.

Paquita se resiste a seguir nuestro consejo de que la única forma de llevarse bien con la familia política es mantenerse bien lejos, y queriendo desconfirmar la primera impresión, con el paso del tiempo va adentrándose más y más en tan oscura mina. Sin percibir el grisú, a veces queda con su cuñada para tomar el sol. Son momentos de contar intimidades, secretos de familia y despotricar a gusto. La hermana de Juanillo no tiene ningún problema en tergiversar las confidencias de Paquita, y cuando habla con otras personas suele comentar que lleva mal depiladas las ingles y que a su hijo le hizo un regalo de mierda por su séptimo cumpleaños.

Va pasando el tiempo, también para los suegros de Paquita, y la familia empieza a plantearse cómo será el reparto de la herencia. Tras serias conversaciones los hermanos deciden que la céntrica casa en la que viven los padres se la quedará el hermano pequeño, peor encauzado laboralmente y comprometido con el cuidado de los padres. Los externos (el marido de la hermana, la novia de un hermano y Paquita) se resisten a aceptar la resolución. No entienden que ellos sus respectivas parejas no reciban una parte proporcional de la tarta, que les vendría muy bien para tapar  agujeros. Algunos hermanos dejan de hablar a los externos, aunque la tensión es más evidente con Paquita, que suele sacar el tema cuando discute por otras razones con Juanillo.

La casa del pueblo, por expreso deseo de los padres, en principio queda para disfrute de todos los hermanos. A Juanillo le gusta mucho pasar sus vacaciones allí porque le recuerda sus correrías infantiles y verbenas adolescentes. En pocas discusiones los hermanos acuerdan organizar sus estancias en la casa por quincenas, según las vacaciones de cada uno. Paquita echa humo cuando, al llegar al pueblo, abre la casa y la encuentra subjetivamente sucia tras la estancia de sus cuñados. Emplea varios días en ponerla a su gusto, ordenando los armarios y tirando trapos amarillentos y casi apolillados que encuentra en los arcones, sin ser consciente del valor sentimental que tenían las sábanas cosidas por la difunta tía Eufrasia. La madre, al conocer la noticia, transmite su inmenso disgusto telefónicamente a su hija que, automáticamente, construye la imagen mental de Paquita como el mejor San Sebastián jamás pintado.


Los hermanos de Paquita han estado alguna vez en el pueblo pasando unos días con ellos. Algunos hermanos de Juanillo envidian su nivel de vida y los cochazos que meten al garaje. Especialmente conflictiva es la relación con el hermano mayor de Paquita, al que acusan de no haber hecho lo suficiente, aunque trabaja en la caja de ahorros del barrio, para que concedieran el crédito al hermano menor y parado de Juanillo.

¿Y cómo termina esta historia?

Pues ya saben, las relaciones familiares van deteriorándose con el paso del tiempo hasta detenerse en un nivel de contacto mínimo, ocasional y obligado: Navidad y bodas de oro. Algunos hermanos prefieren no asistir a estos eventos si prevén coincidencia física con ciertos cuñados; otros van y someten al resto de comensales a su particular tensión bifocal; hay quien es falso o correcto, según se mire, y da hasta los buenos días.  En cualquier caso, esos encuentros son el medio ideal para ver resurgir, sin venir a cuento, viejos conflictos olvidados que vuelven a la vida en todo su esplendor para disgusto de los padres, que ven separarse a los hijos que criaron junticos, y para alegría de los vecinos, que tienen asegurado tras el tabique su repetitiva sesión de discusión marital (¡Sálvame especial fin de semana!).

Venga, quítense las manos de la cabeza que aquí nadie acaba de descubrir la pólvora. Tomen buena nota de cómo unas llevan la fama (las suegras) y otros cardan la lana, y tengan por seguro que podríamos seguir dando ejemplos hasta el infinito y más allá, pero preferimos dejarles un ratito a solas con sus pensamientos para que hagan repaso de su experiencia, especialmente de su propia actividad como cuñados….

¡si se atreven!.

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~ por labea en 22 octubre, 2010.

9 comentarios to “LA SIERRA ES LA FAMILIA”

  1. Muy muy bueno doña, su breve relato muestra con todo lujo de detalles las miserias que campan por todas las familias.
    Si..si… todas… y quien diga lo contrario miente mas que habla…

    Debo decir que como cuñada tengo pocos años de experiencia, y aunque siempre procuro tratar a los demás como me gusta que me traten a mi, que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra…

    Desearía asimismo añadir a la lista negra de las familias a los tíos. Personas que desde una posición secundaria (no como nuestras queridas y conocidas suegras) pueden actuar con mucha peor saña que el peor de los cuñados…

  2. Así es, pero todos siempre tienen algo que decir. Generalmente bueno, no. Para decir cosas buenas de otras personas hace falta conocerlas mucho y no desconfiar, pero cómo puede pensarse algo bueno cuando herencias tocan. Ahí se estropea todo tipo de relación más o menos cordial independientemente de la que anteriormente se tenga. Hay que sacar la mayor tajada, primero yo y después, si queda algo para los demás y que lo agradezcan. Siempre lo jode todo el maldito dinero, aunque no sea gran cosa.

  3. A veces hasta uno se separa para no ver más a los cuñados…

  4. Pues igual no es mala idea…

  5. Ariel Rot dijo una vez en esa sección tan hilarante en la que participa en La Ventana (por las intervenciones de su partenaire, Jaime Urrutia) presentando una canción de Fito Páez, que las parejas se rompen pero los cuñados siguen siéndolo.

  6. Mierda…

    ¿Y ahora qué hacemos, don Pedro? ¿Mandamos a Ariel Rot con Fito Páez?

    Las ocurrencias de J. Urrutia le hacen reír, señor Aniano, mientras Gemma Nierga y sus cuerdas vocales nos hacen llorar (aunque no tanto como las de Sabina y Alejandro Sanz). ¿Dos formas de escuchar La Ventana?

    Los tíos… Mmmm… ¡Lo estudiaremos para próximas entradas, señorita Ánix! ¡Gracias por su aportación!

    Del dinero no podemos hablar por razones obvias, doña Flo. Con usted nos limitaremos a hablar de pollear.

    😀

  7. Bien pero primero me explicarás qué es pollear, que soy mayor y no entiendo estos vocablos

  8. Gran idea Miss Flo, que nos explique la doña lo que es pollear, que por estos lares también debemos estar mayores, porque yo tampoco lo pillo…

  9. ¡Reinas de la noche cidiana!

    No puedo creer que nunca oyeran decir a sus abuelas que la hija de fulanito ya estaba en edad de pollear o de salir a pollear… De todas formas lo mejor será pasar directamente a la parte práctica de la explicación.

    😀

    La RAE dice

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