EL MARFIL DE TU BOCA

Mi primera experiencia con el mundo odontológico aconteció a los 16 años. Fui a por esa ortodoncia que todo adolescente que se precie debe llevar una cantidad inhumana de años, y salí de allí con unas radiografías bajo el brazo en las que se veía “claramente”, en palabras del señor titulado, que me estaban saliendo dos dientes fuera de sitio, uno de ellos en el centro del paladar (!), que debía ser inmediatamente extirpado mediante una compleja operación y un penoso postoperatorio. Lo vi clarísimo, mi futuro era formar parte de la plantilla de un circo tipo Freaks.

El segundo dentista hizo conmigo el agosto (y la cuesta de enero paterna) con un porrón de empastes. En sus radiografías no salía diente alguno fuera de su sitio (?). Abandonando la idea del circo, pasaría a engrosar mortalmente las listas del INEM.

Años después, el dolor me obligó a ir a la consulta de un nuevo señor profesional del diente. “Hola”, dije. “Tienes todos los empastes rotos”, contestó. También me habló de lo escandalosamente guarra que tenía la boca, lo que hacía imprescindible una limpieza de carácter urgentísimo. Llegué a casa doblemente herida: me habían llamado gocha (¿debía pagarle por ello?), y tras hacer cálculo mental como en el cole, no salían los números. Nótese que los diagnósticos son directamente proporcionales a los presupuestos.

Tras romper la hucha de cerdito, busqué nuevos horizontes odontológicos. Y como ya sabemos, nuevo profesional, nuevo diagnóstico. “Tus empastes están perfectos pero tienes que hacerte cinco nuevos”. ¿Quién?, ¿yo?, ¿cinco?, ¿¡pero tantas muelas tengo!?. Por el camino de vuelta a casa compré un bote de Loctite para recomponer el cerdito.

Pensando en los beneficios económicos de ponerme una dentadura postiza y definitiva, fui a otra dentista (inexplicablemente, aún tenía ganas). Abrí la boca y la chica se escandalizó: “parece mentira que nunca te hayas hecho una limpieza siendo fumadora y tengas los dientes y las encías tan bien. Se ve que te los limpias estupendamente” (entonces… – snif – ¿ya no soy una gocha? -snif snif – ). Según ella todo estaba perfecto. En un ataque de sinceridad la dije que me veía un empaste roto. “Ah bueno, pues te lo hacemos nuevo y listo”.

Tengo miedo de pedir una cuarta opinión.

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~ por labea en 20 agosto, 2007.

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